Viernes, 9 de abril de 2010.

Autora: Davinia Collado

Hoy se cumplen cinco años.

Papi y yo te dimos la vida, lo que quizá no sabes es que tú hiciste lo mismo con nosotros.

Y te miro. Y estás tan mayor, tienes salud, eres tan inteligente, tan bonito, y tienes tanto amor siempre dispuesto a regalar… que por un momento creo en Dios.

Porque que estés con nosotros me parece un milagro, una bendición, si  meongo más solemne.

Seguro que si te cuento esto me preguntarás qué es Dios, y yo no sabré muy bien qué decirte pero te explicaré el cuento de ese chico que murió en la cruz, ese que te conté un día en que fuimos a una iglesia porque te apetecía entrar, el mismo que te emocionaste mirando una imagen de Jesús sangrando en brazos de su madre, y me dijiste:

– Y, ¿por qué no le pone una tirita su mami?
– Porque lo que le han hecho no se cura con tiritas.
– Y, ¿por qué su mamá ha dejado que se haga pupa?
– Porque las madres no podemos proteger a nuestros hijos de todo.
– Y, ¿por qué lloran esos bebés gorditos?
– Se llaman querubines y lloran porque Jesús está muriendo.
– ¿Como el iaio de Nicolás?
– …

Y hacía más de seis meses que el abuelo de tu primo Nicolás ya no estaba, y yo pensaba que no, pero lo habías entendido perfectamente.
Hablamos de las estrellas, de que hay más personas que queremos en ellas, que nos iluminan y que están felices. Me preguntaste tantas cosas que necesité llamar a la Padrina para que me echara un cable cuando la cosa se puso tan densa que no supe por dónde tirar.

Así que si te digo que a veces me siento tan afortunada por tenerte que me da por creer en Dios, seguramente me digas que mejor crea en los alienígenas o en los Minions, que por lo menos no permiten que sus hijos sufran y les salga sangre, que es lo más impresionante del mundo para ti.

Algunas noches, cuando me acuesto contigo y te espachurro, me dices que me quieres.

No puedes imaginar lo que esas palabras me hacen sentir. Me llenan más que cualquier otra cosa en el mundo. Solo las igualan cuando dices: «Mama, qué feliz soy.»
Se suponía que no exteriorizarías nunca, que no identificarías nunca tus sentimientos, pero lo haces.

– Mami, te quiero.
– Ah, ¿sí? Y, ¿cómo lo sabes?
– Porque me duele aquí – y tocas el centro de tu pecho.
– Pues entonces no es amor, porque el amor no duele, eso es que te has dado un golpe- Y me río.
– Es que no me duele de llorar, me duele de que se me sale el amor cuando estoy contigo.
– Ah, ¡vale! porque no me gusta que te duela nada, ¿sabes lo que me gusta, tete?
– ¿el qué? – Me preguntas, pícaro, sabiendo perfectamente la respuesta.
– ¡Tú!

Y te como a besos hasta que te agobio, y me llamas pesada pero te partes de risa.

Y así quiero que las cosas sean siempre entre tú y yo. Que se nos salga el amor del pecho cuando estemos juntos, incluso cuando no.

Es que no puedes ser más zalamero, hijo. Hace unos días te fuiste con papi al cine y nos dijiste mil veces que nos ibas a echar de menos muchísimo a tu hermana y a mí. En la guardería de M, donde te has quedado unos días a jugar, dicen no haber visto nunca dos hermanos echando la siesta allí, abrazados, dicen que acompañaste a tu cuchi dándole besitos en las manos hasta que se quedó dormida.

¿Cómo no voy a pensar que eres una bendición?

Por fin encontré a mi compañero de andanzas, hecho a medida. Me encanta tu mirada cómplice cuando propongo un plan excéntrico de los nuestros o una merienda en familia en el suelo de tu cuarto, un entreno mami-tete un domingo por la mañana,  un desayuno perrete en la cama, un juego en el que yo soy tu sombra y te persigo hasta que muero de agotamiento…
Siempre me secundas, deseando vivir aventuras, exprimiendo los momentos. Tú te comes la vida, mi amor, y estás ayudándome a cerrar etapas que no viví bien cuando tocaban y enseñándome a vivir la que ahora sí toca. Tú me muestras cada día la magia en la que yo nunca creí, ni siendo más pequeña de lo que hoy eres tú.

Por eso siempre te estaré agradecida, mi vida. Por darme una oportunidad para reconducirlo todo, por mostrarme el amor más grande que existe, por abrirme la mente a tu fantasía y a tu peculiaridad, ahora tolero más y mejor al resto de las personas, por darme un motivo para querer ser mejor cada día, porque desde tus ojos he aprendido a quererme y por recordarme que la vida no ha de pasar, hay que devorarla.

Gracias, príncipe azul que yo soñé, porque tú me regalaste la vida el día que yo te di la tuya. Y aunque parezca un buen trato, papi y yo salimos ganando, te lo aseguro.

Mira lo grande que eres, hijo. No olvides nunca la magia que obraste con tan sólo 5 añitos y tu metro catorce. Nunca creas que no eres capaz, ni que el mundo es el cuadrado donde nos intentan meter a todos/as a presión. Que tengas una larga y feliz vida, huevote.

Te quiere y siempre creerá en ti,

MAMI

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